Visitas de hoy en adelante... "Cualquiera" no contó el primer millón

Entre nos...

lunes, 22 de agosto de 2011

Mujeres

Abrí mi primera cuenta de emilios en hotmail durante el mes de mayo de 1998. Desde entonces he recibido miles de cadenas, de chistes, de augurios, de advertencias, de invitaciones, de pdf’s simpáticos, de publicaciones, url’s útiles e inútiles…

También he recibido canciones, poemas, disertaciones, extractos de películas, discursos, noticias, chismes, presentaciones en power point, fotos, copias de tesis, invitaciones, desinvitaciones, halagos, insultos…

Entre tantos emilios, siempre recordé uno que nunca volví a ver. En estos días me lo reenviaron, y decidí compartirlo:


sábado, 20 de agosto de 2011

Rescate accidentado de 8 gatos abandonados

Criada en el campo, era lógico que en casa siempre hubiera gatos como exterminadores naturales de ratones. Yo no los veía así. Para mí, eran unas mascotas dulces y traviesas.

En casa también siempre hubo muchos perros. Nunca conocimos un sicólogo veterinario, ni falta que hizo. Por alguna razón, cada uno respetaba el espacio del otro… bueno… en realidad los gatos procuraban alejarse de los perros; seguro que guiados por su sentido de supervivencia. Los perros –que en campo siempre son “guardianes”- se despojaban de la falsa ferocidad ante nosotros; y, buscaban juego con los gatos. Mis hermanitos hacían y deshacían con los perros: le halaban la cola, las orejas, los aplastaban cuando los canes se negaban a hacer de caballos… se dejaban pasar la lengua por la cara, y le correspondían lamiendo la nariz canina. ¡Un asco de hermanos los míos!

Sabiéndolos tan queridos, cuando empecé a conducir me dedique a “rescatar” perritos realengos. Mis padres nunca le negaron la entrada porque por principio básico de la demografía, se sabe que los perros no son eternos, ni tienen 7 vidas.

Un fin de semana de aventuras con mi mejor amiga, conduje el viejo Impala de la familia al inhóspito Faro de Cabo Rojo, que en aquella época no era precisamente el punto turístico que es hoy. Como adolescentes invencibles a tipo La Mujer Maravilla, mi amiga y yo nos metimos en el interior oscuro del faro abandonado. Al estilo de Cocodrile Dundee traspasamos varias capas de telarañas hasta llegar a la esquina donde chillaban unos gatitos de par de días de nacidos. La mente de Sherlock Holmes nos llevó a conclusiones rápidas: 1) las gatas son buenas madres y no abandonan a sus hijitos recién nacidos; 2) seguro que a Mama Gata tuvo algún percance hace horas, a juzgar por la prisión de telarañas que los resguardan; 3) son tan chiquitos que los ratones pudieran… 4) ¡NOOOOO!

Sin pensar en las consecuencias, fui corriendo al carro por un sombrero de playa y una bandana roja. Acomodamos los gatitos y salimos corriendo a buscar leche tibia en casa de mi amiga.

El plan era dividirnos la camada, pero la madre de mi amiga no aprobó el rescate. Su acción humanitaria se redujo a: 1) proveerme de la leche tibia y una esquina del balcón donde pudiéramos alimentarlos; y, 2) casi tirarme con una caja de cartón para que pudiera acomodar el sombrero lleno de gatos –ya abastecidos y dormidos- mientras conducía a mi casa.

Con mi madre, no tuve mejor suerte. Me gritó que no podía llenar la casa de gatos y me sentenció a no regresar a casa hasta buscarle otro “hogar” a los gatos huérfanos. Con el talento histriónico que descubrí ese día, fui casa por casa implorando a lágrima viva adopciones de parejas de hermanitos (para apurar la gestión). Lo más convincente fue el argumento de que Mami no me dejaría entrar a casa hasta que culminara el proceso de las adopciones. Los vecinos conocían el fuerte carácter de una madre de 6 demonios con un zoológico. Con 6 gatos menos y una lloradita porque ya había oscurecido, Mami me acogió en casa… con dos gatitos y el compromiso de atenderlos, hasta que se pudieran valer por sí mismos.

Mi afán por rescatar gatos abandonados todavía persiste, pero nunca más de dos hermanitos a la vez. A Cualquiera le sucede...

(Foto, del Web... ya se le acabaron las 7 vidas a aquellos 8)

domingo, 14 de agosto de 2011

Mi millón de amigos (en la Gueb)

Tengo tantos amigos en la Web que no me atrevo a contarlos. Cuando mi "hija cibernética" pasa mala noche mientras estudia medicina lo percibo; lo mismo, cuando se le muere un enfermo, o deja un novio. Le digo atrocidades que su madre jamás le diría. Son cosas obvias, pero a los hijos hay que repetírselas y repetírselas y repetírselas: “Mi’jita lleva condones y ropa interior linda a ese viaje que planificas”; “Nena, ese novio es un sinvergüenza. Abre los ojos, antes de abrirle las piernas”. Antes de ser mi hija, fue mi amiga.

Porque son mis amigos, también sé cuando mis amigos cibernéticos logran éxitos en sus trabajos, premios; cuando publican libros, revalidan. Sé cuando se casan, se divorcian, o los sorprende la viudez. Muchas veces me entero antes que su familia de los problemas, situaciones y hasta de las enfermedades que los aquejan.

Para eso son los amigos, ¿o no? Tengo miles y cada uno es único y especial. No los colecciono como en facebook, ni parecen colonias de pingüinos. Con los gueb-amigos conformamos una red millonaria de bendiciones.

m

domingo, 7 de agosto de 2011

Así es la Vida en el Trópico

El clima es alocado en las islas del trópico; especialmente en el Caribe. Por chiquitas que sean puede que en una esquina llueva, y en la otra el sol arda. Peor aún: conduces dentro del municipio… en una calle el sol te ciega, y en la otra, te quitas las gafas porque está tan nublado que pareciera que vas por un túnel.

Obviamente, a mí no me importa, porque de cada día, se puede hacer uno hermoso...

Ejem, ejem... Seamos realistas y no hipócritas: a veces es difícil, a veces duele, muchas veces se nos hace imposible, pero siempre se puede intentar. Al fin de cuentas, “Así es la Vida en el Trópico”.

(Ilustración del Web)

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