Lo compré el 23 de enero de 1979, y una ola traviesa cometió el vil atentado de arrancármelo el 31 del mismo mes. Atentó, no lo logró. Lo recuperé porque se lo arrebaté todavía entre arena y espuma. Comprendía que la ola era dueña de muchos de sus versos. Pero ya yo había pagado $6.95 en una librería de la Antigua Ciudad (el precio todavía está marcado a lápiz en la última página en blanco). Recuerdo que me molesté tanto que de regreso al apartamento –a pasos de la orilla azul- rumiaba mientras tramaba la metodología para secar la humedad salada de las páginas de una intensa cronología de poesía/vida.
¿Qué hubiera hecho Neruda? Seguro que se lo hubiera llevado a La Casa Junto al Mar en Isla Negra, y se lo hubiera entregado a algún hermoso mascarón de barco antiguo, que con el recuerdo del salitre sobre su frente hubiera frotado la sal del papel.
Neruda le pudo haber permitido a mi libro una siesta colgado de alguna red de pescador atada a las vigas escritas de amores. Al despertar, de seguro la brisa del Pacífico hubiera hecho su trabajo.
Pero no. Neruda no estaba en mi apartamento, ni yo lo podía llevar el libro a su casa. Así que abrí la ventana que daba al mar, y puse el libro abierto en la mesa frente a la ventana. Mantuvo el mismo peso, la segunda mitad sobrevivió sutilmente fruncida; y, como no había escrito comentarios en tinta... no hubo daños mayores.
Me mudé tres veces. Hacía años que no lo veía y lo había extrañado porque soy de las que lee y relee sin pudor a Pablo. “Sin pudor”, porque no me avergüenza decir que por más que lo leo, no me permito memorizar sus versos para recitarlos con soberbia. La idea es saborearlos como el primer beso.
Recuperé a mi Pablo por segunda vez durante unas vacaciones cerca de un mar de atardeceres. Hacía años que no veía a una amiga querida, y en algún momento de la conversación, confesó que tenía mi libro sin autorización. Advirtió además, que no me lo iba a devolver. Se quejó de que no entendía unas anotaciones que yo había garabateado a lápiz. Me lo trajo para que yo le descifrara tres de mis anotaciones: “Se jodió el 31 de enero a las 9:45 am en la playita de casa”, “El libro que se duerme... se lo lleva la corriente”, “Si Pablo se entera, ¡se lo goza!”
Al explicarle el cuento de la ola, el libro destiló arena. Mi libro habló y reclamó regresar a mis manos. “La poesía no habrá cantado en vano” .
Lo compré el 23 de enero de 1979, y una ola traviesa cometió el vil atentado de arrancármelo el 31 del mismo mes. Atentó, no lo logró. Lo recuperé porque se lo arrebaté todavía entre arena y espuma. Comprendía que la ola era dueña de muchos de sus versos. Pero ya yo había pagado $6.95 en una librería de la Antigua Ciudad (el precio todavía está marcado a lápiz en la última página en blanco). Recuerdo que me molesté tanto que de regreso al apartamento –a pasos de la orilla azul- rumiaba mientras tramaba la metodología para secar la humedad salada de las páginas de una intensa cronología de poesía/vida.
¿Qué hubiera hecho Neruda? Seguro que se lo hubiera llevado a La Casa Junto al Mar en Isla Negra, y se lo hubiera entregado a algún hermoso mascarón de barco antiguo, que con el recuerdo del salitre sobre su frente hubiera frotado la sal del papel.
Neruda le pudo haber permitido a mi libro una siesta colgado de alguna red de pescador atada a las vigas escritas de amores. Al despertar, de seguro la brisa del Pacífico hubiera hecho su trabajo.
Pero no. Neruda no estaba en mi apartamento, ni yo lo podía llevar el libro a su casa. Así que abrí la ventana que daba al mar, y puse el libro abierto en la mesa frente a la ventana. Mantuvo el mismo peso, la segunda mitad sobrevivió sutilmente fruncida; y, como no había escrito comentarios en tinta... no hubo daños mayores.
Me mudé tres veces. Hacía años que no lo veía y lo había extrañado porque soy de las que lee y relee sin pudor a Pablo. “Sin pudor”, porque no me avergüenza decir que por más que lo leo, no me permito memorizar sus versos para recitarlos con soberbia. La idea es saborearlos como el primer beso.
Recuperé a mi Pablo por segunda vez durante unas vacaciones cerca de un mar de atardeceres. Hacía años que no veía a una amiga querida, y en algún momento de la conversación, confesó que tenía mi libro sin autorización. Advirtió además, que no me lo iba a devolver. Se quejó de que no entendía unas anotaciones que yo había garabateado a lápiz. Me lo trajo para que yo le descifrara tres de mis anotaciones: “Se jodió el 31 de enero a las 9:45 am en la playita de casa”, “El libro que se duerme... se lo lleva la corriente”, “Si Pablo se entera, ¡se lo goza!”
Al explicarle el cuento de la ola, el libro destiló arena. Mi libro habló y reclamó regresar a mis manos. “La poesía no habrá cantado en vano” .





