Para esta época siempre tengo los calendarios necesarios para ubicarme temporalmente en cada espacio de la casa: uno para la habitación (para las citas médicas y los viajes y vacaciones de los muchachos); uno al lado del escritorio (para las citas de trabajo “en la calle” y marcar los “deadlines” de las entregas); y otro, en la cocina (para programar las visitas y jolgorios familiares en casa, o en casas ajenas). Para marcar las fechas, les pongo pestañitas de colores con los compromisos, de manera que si cambia de fecha, levanto la pestaña y la acomodo en el cuadrito del día correspondiente... sin hacer borrones.
Además de esos tres -que deben ser bonitos y si posible de los que regala el banco a donde va a parar mi salario antes de esfumarse-; necesito uno plástico, pequeño, que distribuye mi centro de trabajo, y especifica los feriados “oficiales” según el convenio colectivo del gremio al que pertenezco; y otro que llevo en “La libreta Negra” de las reuniones y organizar tareas a corto, mediano y largo plazo.
Hasta mediados de año usé también el calendario de la Palm, pero la desgraciada (no tenía nada de gracia) se murió llevándose al Hoyo Negro un directorio equivalente a miles de páginas y el calendario de varios años de fechas significativas. Ese modelito fue el tercero y último. Ya no quiero saber de las Palms, que aunque sincronizadas, me fallaron cuando más las necesito, que es ... ¡siempre!
Pero de nuevo, faltando 4 días para que finalice el 2009, todavía no tengo los tres calendarios bonitos. Se supone que están “en camino”, pero no sé por dónde vienen. Como “a caballo regalado no se le mira el colmillo”, y “calladita me veo más bonita”, no voy a hacer mucho ruido.
Usaré los que tengo, y mi favorito: un gatito de madera con 2 cubos de números y 3 barras con el nombre de los meses. Me lo trajo mi hermana de alguna isla que ni recuerda. Según pasan los días y los meses, cambias los cubitos y las barras. El gatito le hace guardia de honor a la compu y alegra la mesa de trabajo, además podrán pasar décadas, y mientras alguien mueva cubitos y barritas, se mantendrá vigente. No puedo hacer anotaciones en los cubitos, pero será buen ejercicio para las memoria. (¿Podré?)
Como premio de consolación, la farmacia –como todos los años- me regaló la edición 2010 del Almanaque Bristol. Aunque no puedo anotar las actividades de mis hijos, eventos ni deadlines, podré estar al tanto de los cambios de luna y los días de pesca, y los nombres del santoral, que también son importantes. ¿O no? A Cualquiera le sucede...
(Foto por Cass)