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domingo, 26 de diciembre de 2010

La Palabra del Día: “Navidad”

Entre los amigos que no me conocen, está Ricardo. Sin saber quién soy, hace envíos casi diarios a mi correo privado y me habla de palabras. Lo mismo palabras bonitas, que las no tan bonitas.

Ésta semana me habló de “Navidad”. Pero justo en el momento que pretendía compartir el mensaje, el Duende de Blogger me jugó otra trampa: no me permitió acceder como usuario para dejar la entrada en ninguna de mis tres casitas.

Como en ocasiones -¡en ocasiones!- soy paciente… aquí la entrada de mi amigo Ricardo Soca sobre “Navidad”:

“Cuando compramos los regalos de Navidad, decoramos el árbol o nos reunimos con la familia alrededor de la cena navideña, raramente nos detenemos a pensar cómo se fueron formando esas tradiciones milenarias, algunas de ellas mucho más antiguas que el propio cristianismo.

“La conmemoración del nacimiento de Jesús, la fiesta más universal de Occidente, se celebró por primera vez el 25 de diciembre de 336 en Roma, pero hasta el siglo V, la Iglesia de Oriente siguió conmemorando el nacimiento y el bautismo del niño Dios de los cristianos el 6 de enero. El nombre de la fiesta Navidad, proviene del latínnativitas, nativitatis 'nacimiento', 'generación'.
“En siglos posteriores, las diócesis orientales fueron adoptando el 25 de diciembre y fueron dejando el 6 de enero para recordar el bautismo de Cristo, con excepción de la Iglesia armenia, que hasta hoy conmemora la Navidad en esa fecha de enero.
“No se conoce con certeza la razón por la cual se eligió el 25 de diciembre para celebrar la fiesta navideña, pero los estudiosos consideran probable que los cristianos de aquella época se hubieran propuesto reemplazar con la Navidad la fiesta pagana conocida como natalis solis invicti (festival del nacimiento del sol invicto), que correspondía al solsticio de invierno en el hemisferio norte, a partir del cual empieza a aumentar la duración de los días y el sol sube cada día más alto por encima del horizonte.
“Una vez que la Iglesia oriental instituyó el 25 de diciembre para la Navidad, el bautismo de Jesús empezó a festejarse en Oriente el 6 de enero, pero en Roma esa fecha fue escogida para celebrar la llegada a Belén de los Reyes Magos, con sus regalos de oro, incienso y mirra.
“A lo largo de los siglos, las costumbres tradicionales vinculadas a la Navidad se desarrollaron a partir de múltiples fuentes. En esas tradiciones, tuvo considerable influencia el hecho de que la celebración coincidiera con las fechas de antiquísimos ritos paganos de origen agrícola que tenían lugar al comienzo del invierno.
“Así, la Navidad acogió elementos de la tradición latina de la Saturnalia, una fiesta de regocijo e intercambio de regalos, que los romanos celebraban el 17 de diciembre en homenaje a Saturno.
“Y no hay que olvidar que el 25 de diciembre era también la fiesta del dios persa de la luz, Mitra, respetado por Diocleciano, y que había inspirado a griegos y romanos a adorar a Febo y a Apolo.
En el Año Nuevo, los romanos decoraban sus casas con luces y hojas de vegetales, y daban regalos a los niños y a los pobres en un clima que hoy llamaríamos navideño y, a pesar de que el año romano comenzaba en marzo, estas costumbres también fueron incorporadas a la festividad cristiana.

“Por otra parte, con la llegada de los invasores teutónicos a la Galia, a Inglaterra y a Europa Central, ritos germánicos se mezclaron con las costumbres celtas y fueron adoptados en parte por los cristianos, con lo que la Navidad se tornó desde muy temprano una fiesta de comida y bebida abundante, con fuegos, luces y árboles decorados.

“La Navidad que celebramos hoy es, pues, el producto de un milenario crisol en el que antiguas tradiciones griegas y romanas se conjugaron con rituales célticos, germánicos y con liturgias ignotas de misteriosas religiones orientales.”

A Cualquiera le puede suceder que celebre la Navidad sin saber mucho sobre su origen lingüístico... Gracias Ricardo. ¡Feliz Navidad!

(Ilustración del Web... Gracias a Fran)

martes, 7 de julio de 2009

¡Que vivan los Hackers!

Hace un año y dos meses me hackearon la cuenta de Hotmail. Y bien “hot” que me puse. En el momento en que sucedió, le escribía un correo a un profesor de planificación en un intento de convencerlo para que diera a conocer públicamente un proyecto de investigación de sus estudiantes.

Les cuento para que se cuiden. Mientras escribía, abrió una ventanilla de msn (Messenger, ¿sí saben lo que es?) y una colega -que creí mi amiga- me hizo una pregunta que consideré válida. Pensé que contestándola, la ayudaba. ¡Sorpresa! Era un (¿una?) hacker que le robó la identidad a mi colega, y lo que preguntaba era la contestación a una de las preguntas “de seguridad” que yo había registrado en el 1998 cuando abrí esa cuenta.

Inmediatamente cayó el sistema y cerró el correo. Pensé que se trataba de un bajón energético, culpé a la compu y creo que hasta la maldije (¡Ja! A la compu, no a la colega... pero la com-PUTA-dora se vengó después!). Busqué todos los teléfonos de Microsoft, oficinas locales, centrales, internacionales... nadie me atendía, nadie me creía. El cuento largo corto: abrí otro correo electrónico en una laptop y me comuniqué con Microsoft por e-mail. Logré convencerlos del trágico incidente (de veras que es trágico). A lo largo de 3 semanas y de un intenso intercambio de mensajes, se dieron cuenta de que Yo era Yo, y nadie más que Yo.

Claro, les tuve que decir los archivos separados que tenía (uno de facturas de compras, otro de recetas de Cielito Rosado, otro de La Palabra del Día, de Ricardo Soca, y otro del Evangelio del Día); como eran tan disímiles, no había forma de que me los hubiera inventado. Les tuve que decir al menos 20 nombres de contactos; contestar las otras “preguntas de seguridad”; y decirles la dirección y los teléfonos que tenía en el 1998, así como un par de eventos importantes de mi vida que reflejaran la tónica de algún grupo de emilios. No fue fácil.

El ejercicio de Microsoft me enseñó varias cosas: a no dejar de recibir recetas, a memorizarme la etimología de los vocablos, a recitar los Evangelistas, y a no guardar las facturas de compras, ni de bancos en los correos electrónicos. Pero por sobre todas las cosas -¡que vivan los hackers!- aprendí a nunca olvidar lo importante que son mis amigas y que es mejor disfrutar concentrando en ellas toda la atención cuando chateamos, en vez de contestarle a toda prisa por invertir neuronas en convencer a un profesor de planificación. Honestamente, no sé si a Cualquiera le sucede, pero aprendan por cabeza ajena, antes que los hackeen.
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