
sábado, 21 de noviembre de 2009
Susan Boyle, cuando perdiendo se gana un sueño

viernes, 20 de noviembre de 2009
No a la Pornografía Infantil

No.
No, no.
¡No, no y no!
La pornografía infantil ha sido, es y siempre será absolutamente intolerable.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Una convocatoria de amor y color para Richard Pagán

Se busca la obra del pintor puertorriqueño Richard Pagán.
Ricky fue uno de los hombres más dulces que he conocido. Se fue antes de cumplir con uno de sus muchos sueños. Veinte años después, un grupo de amigos lo vamos a ayudar a que se cristalice ese proyecto. Nunca es tarde.
La última vez que ví a Ricky, yo era la sub editora de una revista de cuyo nombre no me quiero acordar. Él estaba de paso en Puerto Rico y nos citamos a almorzar en una fonda de comida criolla cerca de la innombrable publicación de páginas glossy a color.
Él, felicísimo de que hubiéramos podido coordinar par de horas de charla. Deliraba por aquél arroz con habichuelas que le anuncié, y por contarme de los colores de las piezas que tenía en mente para su próxima exposición. Yo moría por verlo y contarle de mi familita y de mis proyectos: renunciar a la revista, y una vez estuviera “emocionalmente a salvo y más tranquila”, "buscar" un segundo bebé. Nos reímos muchísimo. Yo no tenía nombre para el/la bebé. Y en ese momento él tampoco estaba seguro del que le pondría a su exposición. Hablamos sin parar de absolutamente todo. Era una costumbre vieja intercambiar ideas de proyectos, de planes, de ilusiones. Como dos hermanos. Pero ese día, como si no nos fuéramos a ver más.
Él me contó de sus mujeres amadas: su madre y su hermana. De alegrías, y de muchas tristezas. Se burló de mi afán de rescatar de la basura dibujitos y los manchones de las mezclas de colores que él hacía. Yo me burlé de su estilo de pintar con el pincel amarrado a palos largos que consideraba pesados para sus brazos tan flacos. Hablamos de mis padres, de mi esposo y los viajes que acabábamos de hacer. Me hizo mil cuentos de Southampton. Yo le conté que en par de semanas viajábamos a San Francisco, y que mi esposo tenía empeño a ir a tal y a mas cual viñedo. Hablamos de mi hijo, y cómo a los 3 años y medio prefería el yogurt sin sabor que le enseñó a comer tío Ricky.
Nos despedimos con prisa. Quedó pendiente una cena en casa para que compartiera con mi esposo y para que constatara que yo no exageraba cuando le hablaba de las maravillas que dibujaba mi nene, y que como montessiorano aventajado que era, ya reconocía silabas. Yo corrí a supervisar el cierre de la edición de marzo de la tal revista, y él salió a encontrarse con otra de nuestras amigas.
No nos volvimos a ver. El último día de enero -con mucha alegría- salí de la revista para no regresar. A principios de febrero, mi esposo y yo visitamos los viñedos. Ya fuera del ambiente estresante, empezamos el proyecto segundo bebé. A finales de marzo -embarazada, pero sin saberlo aún- recibí un mensaje de nuestro amado amigo en común, el también pintor, Rafi Trelles. Era época de beepers. Contesté de un teléfono público. Me lo dijo de un zarpazo.
Ricky murió en Italia, Montichiari, Brescia, el 23 de marzo de 1989. Tenía 35 años.
Hoy, un grupo de sus amigos -fieles y locos- con los que acampaba, corría por la playa, disfrutaba atardeceres y hablaba de colores; los que lo vimos pintar y fuimos sus víctimas como modelos, tenemos otro proyecto. Buscamos a todos los coleccionistas de arte que puedan tener piezas de Richard Pagán, y los exhortamos a se comuniquen con el artista Rafael Trelles, coordinador del Comité Amigos de Richard Pagán, al siguiente correo electrónico:
rafaeltrelles@gmail.com.
Las piezas se reencontrarán en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, en la Exposición Antológica 2011 de Richard Pagán. Es por eso, que con mucha ilusión, y con gran alegría, uso este espacio para hacer nuestra primera convocatoria de amor y color.
Deporte de cavernícolas
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Con el perdón de los cavernícolas (de los museos). El box -si fuera deporte- sería digno de cavernícolas. Y no. Esto NO le sucede a Cualquiera.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Eres feo si te gustan Beethoven, Vivaldi y Bach

Además, poco comunicativo enclenque y aburrido. Eso, a grandes rasgos, dicen los hallazgos de un estudio sobre la percepción general de los fanáticos de la música al pensar en otros. Según mis parámetros de belleza... el concepto sobre el gusto por los clásicos, es errado. ¿O será que me gustan los feos; y para colmo, no me miro al espejo?
Según investigador Peter Jason Rentfrow en su estudio “You are What You Listen To: Young People’s Stereotypes About Music Fans”, a quienes le gusta la música pop son “cortos de inteligencia”. ¡Rayos! ¿Y los cantantes pop? ¿Y los compositores? Naaaaaa... no me digan que todos son brutos. Algunos... transo. Pero puede haber excepciones...
Los jazzeros –según la investigación- son creativos; Los fanáticos del pop, convencionales y cortos de inteligencia. A quienes le gusta la música electrónica son amantes de lo excitante y muy atractivos, aunque neuróticos. Los raperos... hostiles desorganizados y atléticos. Mmmmmm... ¿me permites checar tu iPod?
Pero para que no digan que me lo invento, . “The Music In Me”, un multimedia realizado por la Universidad de Cambridge y producido como parte de la serie “Cambridge Ideas” que conmemora el aniversario 800th de la institución, lo confirma. Si todavía lo dudan: hagan el test ustedes mismos, y después hablamos. Cualquier semejanza con la vida real, es pura casualidad. A Cualquiera le puede suceder.
The Music In Me - From cambridge Ideas from Cambridge University on Vimeo.
jueves, 5 de noviembre de 2009
La reinita se baña al mediodía
No falla. Si me dijeran que tiene un reloj alarma que le avisa nuestra cita, lo creería. Antes, yo no era puntual. Durante dos días corridos bajé a almorzar a las 12:00 del mediodía y la ví. Fue pura casualidad. Al tercer día repetí mi cita de almuerzo, y he terminado calendarizándolo. Ahora, no importa la urgencia del trabajo que redacte, suelto la compu y bajo a la cocina para disfrutar la reinita mientras se baña.
Es un espectáculo diario. Todos los días –laborables, feriados y fines de semana- aparece en el patio que da a la cocina. Se anuncia cantando desde que se arrima al guayabo de mi vecino. Después de cantar un ratito, y baja a mi patio, siempre al helecho arbóreo más grande. Cantando y de saltito saltito cambia de rama o se posa en las hojas duras de la vanda, incluso se arriesga a pararse en las raíces de otra orquídea hasta llegar a la fuente. La bordea haciéndose la curiosa, quizá coquetea mirando su reflejo... y se tira.
Se moja. Se sacude. Se vuelve a mojar y se vuelve a sacudir las alas. Recorre la misma ruta de ramas varias veces. Yo no me muevo para no asustarla. Una sola vez intenté buscar la cámara para presentarla por acá y se fue huyendo.
Mañana bajo con la cámara a ver si tengo suerte. En caso de que no llegue, como quiera retrato su escenario.* Tan pronto la fotografíe, sustituyo la imagen. ¿Vale?
A Cualquiera le sucede que se le escapa una reinita. El amigo que grabó el YouTube que sigue a estas lineas, tuvo éxito... quizá por la comidita. Así que se lo tomé prestado:
(* Hoy viernes 6, no llegó la reinita... de todas formas, subi la foto del escenario del baño. La espero mañana ). ( *Ayer sábado 7, no estuve en casa... checo hoy domingo 8...)
(Foto por Cass)
martes, 3 de noviembre de 2009
Recuperé a mi Pablo dos veces
Lo compré el 23 de enero de 1979, y una ola traviesa cometió el vil atentado de arrancármelo el 31 del mismo mes. Atentó, no lo logró. Lo recuperé porque se lo arrebaté todavía entre arena y espuma. Comprendía que la ola era dueña de muchos de sus versos. Pero ya yo había pagado $6.95 en una librería de la Antigua Ciudad (el precio todavía está marcado a lápiz en la última página en blanco). Recuerdo que me molesté tanto que de regreso al apartamento –a pasos de la orilla azul- rumiaba mientras tramaba la metodología para secar la humedad salada de las páginas de una intensa cronología de poesía/vida.
¿Qué hubiera hecho Neruda? Seguro que se lo hubiera llevado a La Casa Junto al Mar en Isla Negra, y se lo hubiera entregado a algún hermoso mascarón de barco antiguo, que con el recuerdo del salitre sobre su frente hubiera frotado la sal del papel.
Neruda le pudo haber permitido a mi libro una siesta colgado de alguna red de pescador atada a las vigas escritas de amores. Al despertar, de seguro la brisa del Pacífico hubiera hecho su trabajo.
Pero no. Neruda no estaba en mi apartamento, ni yo lo podía llevar el libro a su casa. Así que abrí la ventana que daba al mar, y puse el libro abierto en la mesa frente a la ventana. Mantuvo el mismo peso, la segunda mitad sobrevivió sutilmente fruncida; y, como no había escrito comentarios en tinta... no hubo daños mayores.
Me mudé tres veces. Hacía años que no lo veía y lo había extrañado porque soy de las que lee y relee sin pudor a Pablo. “Sin pudor”, porque no me avergüenza decir que por más que lo leo, no me permito memorizar sus versos para recitarlos con soberbia. La idea es saborearlos como el primer beso.
Recuperé a mi Pablo por segunda vez durante unas vacaciones cerca de un mar de atardeceres. Hacía años que no veía a una amiga querida, y en algún momento de la conversación, confesó que tenía mi libro sin autorización. Advirtió además, que no me lo iba a devolver. Se quejó de que no entendía unas anotaciones que yo había garabateado a lápiz. Me lo trajo para que yo le descifrara tres de mis anotaciones: “Se jodió el 31 de enero a las 9:45 am en la playita de casa”, “El libro que se duerme... se lo lleva la corriente”, “Si Pablo se entera, ¡se lo goza!”
Al explicarle el cuento de la ola, el libro destiló arena. Mi libro habló y reclamó regresar a mis manos. “La poesía no habrá cantado en vano” .
Lo compré el 23 de enero de 1979, y una ola traviesa cometió el vil atentado de arrancármelo el 31 del mismo mes. Atentó, no lo logró. Lo recuperé porque se lo arrebaté todavía entre arena y espuma. Comprendía que la ola era dueña de muchos de sus versos. Pero ya yo había pagado $6.95 en una librería de la Antigua Ciudad (el precio todavía está marcado a lápiz en la última página en blanco). Recuerdo que me molesté tanto que de regreso al apartamento –a pasos de la orilla azul- rumiaba mientras tramaba la metodología para secar la humedad salada de las páginas de una intensa cronología de poesía/vida.
¿Qué hubiera hecho Neruda? Seguro que se lo hubiera llevado a La Casa Junto al Mar en Isla Negra, y se lo hubiera entregado a algún hermoso mascarón de barco antiguo, que con el recuerdo del salitre sobre su frente hubiera frotado la sal del papel.
Neruda le pudo haber permitido a mi libro una siesta colgado de alguna red de pescador atada a las vigas escritas de amores. Al despertar, de seguro la brisa del Pacífico hubiera hecho su trabajo.
Pero no. Neruda no estaba en mi apartamento, ni yo lo podía llevar el libro a su casa. Así que abrí la ventana que daba al mar, y puse el libro abierto en la mesa frente a la ventana. Mantuvo el mismo peso, la segunda mitad sobrevivió sutilmente fruncida; y, como no había escrito comentarios en tinta... no hubo daños mayores.
Me mudé tres veces. Hacía años que no lo veía y lo había extrañado porque soy de las que lee y relee sin pudor a Pablo. “Sin pudor”, porque no me avergüenza decir que por más que lo leo, no me permito memorizar sus versos para recitarlos con soberbia. La idea es saborearlos como el primer beso.
Recuperé a mi Pablo por segunda vez durante unas vacaciones cerca de un mar de atardeceres. Hacía años que no veía a una amiga querida, y en algún momento de la conversación, confesó que tenía mi libro sin autorización. Advirtió además, que no me lo iba a devolver. Se quejó de que no entendía unas anotaciones que yo había garabateado a lápiz. Me lo trajo para que yo le descifrara tres de mis anotaciones: “Se jodió el 31 de enero a las 9:45 am en la playita de casa”, “El libro que se duerme... se lo lleva la corriente”, “Si Pablo se entera, ¡se lo goza!”
Al explicarle el cuento de la ola, el libro destiló arena. Mi libro habló y reclamó regresar a mis manos. “La poesía no habrá cantado en vano” .
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