
No pertenezco al grupo de Adictos Anónimos al Internet (AAI) porque no me dá la Santa y Real gana. Me niego a pararme ante un círculo de otros adictos para decir: “Buenas noches. Mi nombre es Cassiopeia MacMillan, tengo 54 años y hace más de 12 que soy adicta a las computadoras y al Internet. No puedo pasar más de dos horas sin checar mensajes electrónicos, ni un día sin leer blogs”
Inmediatamente los otros ojerosos adictos –ya no tan anónimos en esa etapa de confesiones- me dirían a coro y en estéreo: “Buenas noches, Cassiopeia... etcétera, etcétera, etcétera...”
¡Nooooooo! No lo toleraría. Y menísimos que mi pobre familia se someta a las terapias de grupo para los Familiares de los AAI.
Entonces, ¿qué queda? Señoritos y señoritas... queda la penosa estrategia de “romper en frío”. Lo interesante es que aunque no estoy interesada en hacerlo, ya sé lo que se siente.
El Withdrowal Syndrome -o Síndrome de Retirada- de cualquier adicción es más terrible que los efectos mismos de la adicción. Y en el caso de los adictos al Internet, una se siente que se muere, suda frío, los dedos se mueven como si estuvieran tecleando y la vista busca cualquier pantalla, aunque sea la de un televisor. ¡Es horrible!
Este fin de semana estuve privada del Internet en un supuesto “viaje de placer” en un alegado hotel de 5 estrellas ubicado en un “resort/Paraíso caribeño”.
¡Oh Dios! ¿Para qué fui? Tan feliz que soy en mi casa, donde en vez de 5, tengo todas las estrellas del mundo solo con salir al patio y con escuchar que me llamen con mi nombre de constelación...
Pues fui para acompañar a mi “Pariente Más Cercano”, quien había recibido el viajecito como premio por sus ejecutorias laborales... y porque –honestamente- yo también me lo merecía por apoyarlo.
El asunto es que me habían dicho que en ese resort paradisíaco había guai fai (wi-fii) hasta en el baño. También me habían advertido que tener Internet en la Blackberry era una invitación a que me cobraran aproximadamente $900 -¡DIARIOS!- ya que no aceptaban a mi proveedor de servicios telefónicos.
Así las cosas, esta chatita optó por desactivar el Internet del teléfono, y llevarse a la com-PUTA-Dora, “La Promiscua” de la que ya les hablé, que en comparación con los nuevos modelos parece un grill-aplasta-sandwiches de 12 pulgadas.
Bellos como camellos, mi esposo -o “pariente mas cercano”- y yo nos movilizamos por dos aeropuertos. Yo, en silla de ruedas; y él, cargando La Promiscua y varios paquetes, hasta llegar al dichoso Resort. Ahí empezó la tragedia.
No funcionaba el guai fai de la habitación, tamaño suite, por aquello de que era para personas con impedimentos, y son necesarios los espacios anchos para que se desplacen las sillas de ruedas, y las paredes con barras. Pero, ¿cuál era el rollo de no tener guai fai en una habitación para personas “especiales”? No caminar no es sinónimo de no teclear. ¡Por Dios que no escribo con los pies!
En resumidas cuentas, no pude usar el Internet sábado ni domingo. El lunes tuve una hora de acceso desde el lobby del Paraíso hotelero 5 veces estrellado. El lunes cuando intenté repetir la hazaña mientras hacíamos el check out, ¡el hotel perdió la señal de gui-fi!
Finalmente: Buenas noches. Mi nombre es Cassiopeia MacMillan, tengo 54 años y hace más de 12 que soy adicta a las computadoras y al Internet. No puedo pasar más de dos horas sin checar mensajes electrónicos, ni un día sin leer blogs y estoy en la desesperación total después de pasar 4 días sin leer blogs. Así que ésta noche me voy a pegar de la compu como hiedra a pared a ver su recupero decenas de lecturas atrasadas.
Soy adicta... ¿y qué? A Cualquiera le sucede.
(Foto del Internet... protagonista de mi adiccion)