Los dos cafecitos que me hace mi esposo tienen que ser fuertes, con espuma, canela, azúcar y amor. ¡Ah! Y administrados de la misma forma en la que los fumadores empedernidos pasan de un cigarrillo al otro. De corridito. Sin prisa, pero sin pausa. Aunque parezca que no, es la mejor forma de saborearlo despacito y caliente. La misma cantidad en un tazón grande... se enfriaría.
Me pasa -como a Cualquiera le sucede- que en cada oficina que visito, al finalizar los almuerzos, durante las cenas y visitas, te lo ofrecen apetecible, calientito... pero siempre digo lo mismo. "Solamente dos al día, antes de que salga el sol; y, no le puedo ser infiel a mi esposo".
Le regalé un maquinón italiano por cafetera expreso; el molinillo; le hice una esquina especial en la cocina para ese "state of the arts" su "mimada" europea, y ahora le estoy regalando un curso de barista. Me están saliendo caritos los dos cafecitos diarios. Entonces, ¿cómo le puedo ser infiel? ¡A Cualquiera se le ocurre!