
Criada en el campo, era lógico que en casa siempre hubiera gatos como exterminadores naturales de ratones. Yo no los veía así. Para mí, eran unas mascotas dulces y traviesas.
En casa también siempre hubo muchos perros. Nunca conocimos un sicólogo veterinario, ni falta que hizo. Por alguna razón, cada uno respetaba el espacio del otro… bueno… en realidad los gatos procuraban alejarse de los perros; seguro que guiados por su sentido de supervivencia. Los perros –que en campo siempre son “guardianes”- se despojaban de la falsa ferocidad ante nosotros; y, buscaban juego con los gatos. Mis hermanitos hacían y deshacían con los perros: le halaban la cola, las orejas, los aplastaban cuando los canes se negaban a hacer de caballos… se dejaban pasar la lengua por la cara, y le correspondían lamiendo la nariz canina. ¡Un asco de hermanos los míos!
Sabiéndolos tan queridos, cuando empecé a conducir me dedique a “rescatar” perritos realengos. Mis padres nunca le negaron la entrada porque por principio básico de la demografía, se sabe que los perros no son eternos, ni tienen 7 vidas.
Un fin de semana de aventuras con mi mejor amiga, conduje el viejo Impala de la familia al inhóspito Faro de Cabo Rojo, que en aquella época no era precisamente el punto turístico que es hoy. Como adolescentes invencibles a tipo La Mujer Maravilla, mi amiga y yo nos metimos en el interior oscuro del faro abandonado. Al estilo de Cocodrile Dundee traspasamos varias capas de telarañas hasta llegar a la esquina donde chillaban unos gatitos de par de días de nacidos. La mente de Sherlock Holmes nos llevó a conclusiones rápidas: 1) las gatas son buenas madres y no abandonan a sus hijitos recién nacidos; 2) seguro que a Mama Gata tuvo algún percance hace horas, a juzgar por la prisión de telarañas que los resguardan; 3) son tan chiquitos que los ratones pudieran… 4) ¡NOOOOO!
Sin pensar en las consecuencias, fui corriendo al carro por un sombrero de playa y una bandana roja. Acomodamos los gatitos y salimos corriendo a buscar leche tibia en casa de mi amiga.
El plan era dividirnos la camada, pero la madre de mi amiga no aprobó el rescate. Su acción humanitaria se redujo a: 1) proveerme de la leche tibia y una esquina del balcón donde pudiéramos alimentarlos; y, 2) casi tirarme con una caja de cartón para que pudiera acomodar el sombrero lleno de gatos –ya abastecidos y dormidos- mientras conducía a mi casa.
Con mi madre, no tuve mejor suerte. Me gritó que no podía llenar la casa de gatos y me sentenció a no regresar a casa hasta buscarle otro “hogar” a los gatos huérfanos. Con el talento histriónico que descubrí ese día, fui casa por casa implorando a lágrima viva adopciones de parejas de hermanitos (para apurar la gestión). Lo más convincente fue el argumento de que Mami no me dejaría entrar a casa hasta que culminara el proceso de las adopciones. Los vecinos conocían el fuerte carácter de una madre de 6 demonios con un zoológico. Con 6 gatos menos y una lloradita porque ya había oscurecido, Mami me acogió en casa… con dos gatitos y el compromiso de atenderlos, hasta que se pudieran valer por sí mismos.
Mi afán por rescatar gatos abandonados todavía persiste, pero nunca más de dos hermanitos a la vez. A Cualquiera le sucede...
(Foto, del Web... ya se le acabaron las 7 vidas a aquellos 8)