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sábado, 20 de agosto de 2011

Rescate accidentado de 8 gatos abandonados

Criada en el campo, era lógico que en casa siempre hubiera gatos como exterminadores naturales de ratones. Yo no los veía así. Para mí, eran unas mascotas dulces y traviesas.

En casa también siempre hubo muchos perros. Nunca conocimos un sicólogo veterinario, ni falta que hizo. Por alguna razón, cada uno respetaba el espacio del otro… bueno… en realidad los gatos procuraban alejarse de los perros; seguro que guiados por su sentido de supervivencia. Los perros –que en campo siempre son “guardianes”- se despojaban de la falsa ferocidad ante nosotros; y, buscaban juego con los gatos. Mis hermanitos hacían y deshacían con los perros: le halaban la cola, las orejas, los aplastaban cuando los canes se negaban a hacer de caballos… se dejaban pasar la lengua por la cara, y le correspondían lamiendo la nariz canina. ¡Un asco de hermanos los míos!

Sabiéndolos tan queridos, cuando empecé a conducir me dedique a “rescatar” perritos realengos. Mis padres nunca le negaron la entrada porque por principio básico de la demografía, se sabe que los perros no son eternos, ni tienen 7 vidas.

Un fin de semana de aventuras con mi mejor amiga, conduje el viejo Impala de la familia al inhóspito Faro de Cabo Rojo, que en aquella época no era precisamente el punto turístico que es hoy. Como adolescentes invencibles a tipo La Mujer Maravilla, mi amiga y yo nos metimos en el interior oscuro del faro abandonado. Al estilo de Cocodrile Dundee traspasamos varias capas de telarañas hasta llegar a la esquina donde chillaban unos gatitos de par de días de nacidos. La mente de Sherlock Holmes nos llevó a conclusiones rápidas: 1) las gatas son buenas madres y no abandonan a sus hijitos recién nacidos; 2) seguro que a Mama Gata tuvo algún percance hace horas, a juzgar por la prisión de telarañas que los resguardan; 3) son tan chiquitos que los ratones pudieran… 4) ¡NOOOOO!

Sin pensar en las consecuencias, fui corriendo al carro por un sombrero de playa y una bandana roja. Acomodamos los gatitos y salimos corriendo a buscar leche tibia en casa de mi amiga.

El plan era dividirnos la camada, pero la madre de mi amiga no aprobó el rescate. Su acción humanitaria se redujo a: 1) proveerme de la leche tibia y una esquina del balcón donde pudiéramos alimentarlos; y, 2) casi tirarme con una caja de cartón para que pudiera acomodar el sombrero lleno de gatos –ya abastecidos y dormidos- mientras conducía a mi casa.

Con mi madre, no tuve mejor suerte. Me gritó que no podía llenar la casa de gatos y me sentenció a no regresar a casa hasta buscarle otro “hogar” a los gatos huérfanos. Con el talento histriónico que descubrí ese día, fui casa por casa implorando a lágrima viva adopciones de parejas de hermanitos (para apurar la gestión). Lo más convincente fue el argumento de que Mami no me dejaría entrar a casa hasta que culminara el proceso de las adopciones. Los vecinos conocían el fuerte carácter de una madre de 6 demonios con un zoológico. Con 6 gatos menos y una lloradita porque ya había oscurecido, Mami me acogió en casa… con dos gatitos y el compromiso de atenderlos, hasta que se pudieran valer por sí mismos.

Mi afán por rescatar gatos abandonados todavía persiste, pero nunca más de dos hermanitos a la vez. A Cualquiera le sucede...

(Foto, del Web... ya se le acabaron las 7 vidas a aquellos 8)

sábado, 23 de julio de 2011

Noche en Skype

De todos los gatos que han llevado mi apellido, Noche ha sido el extraterrestre. La literatura de los “cat lovers” asegura que los felinos caseros pueden llegar a entender hasta 50 palabras. A Noche le podías hacer la historia de tu vida, y te entendía.

Su historia, más sencilla que la mía, empezó en la casa del tío, padre, o abuelo de Carmen, una de las asistentes administrativas de la Redacción del periódico en el que laboré por más de 2 décadas. El gatito negro era uno de una muchos hermanitos que había parido “una realenga”. A todos le encontraron casa, excepto al “negrito”.

-“Tráemelo, Carmen, que yo soy medio bruja y los gatos negros se llevan bien conmigo”, le dije sin medir mis palabras, ni a los oídos que las mismas llegaran. El comentario tuvo consecuencias, pero esa es historia de otro día...

Carmen me trajo el gatito una noche de luna llena; pero no había duda, era negro como la noche más anochecida… sin luna. Y conociendo que los nombres de los animales deben tener un máximo de dos silabas, “Noche” se quedó.

Juguetón y amoroso se crió entre las habitaciones de dos varones y la biblioteca de un matrimonio. Se trepaba en las faldas y los escritorios de los 4 residentes de la A #10 y jugaba a perseguir los dedos de 8 manos por los teclados. Sin duda, le gustaban las compus.

Fuera de la casa se transformó en un líder de la nutrida población de gatos del vecindario. Orgulloso, altanero y súper inteligente, me escoltaba calle abajo cuando salía en bici por las mañanas, y después cuando guiaba hacia el trabajo. Nunca salió del portón del guardia de seguridad.

De él, atesoramos muchas historias. La mejor: le gustaba Skype. Lo probó el día antes de que Mi Hijo Favorito de los Mayores viajara como estudiante de intercambio a Salamanca.

Su pelaje negro, llegó a estar salpicado de canas. Parecían lejanas estrellas de un cielo nocturno de luna nueva.

Noche amaneció muerto dos días después de uno de mis cumpleaños. Lo encontramos frente a la casa, como el “gato-guardián” que era. Todavía lo extrañamos.

(Foto, del álbum familiar)

martes, 15 de junio de 2010

Gol y Fifa dicen “miau”

En casa sólo se ve fútbol cuando hay Copas. Entonces, nos pegamos de la tele, y le gritamos al favorito que seleccionemos para cada juego. Por regla general, siempre le vamos al contrario de Estados Unidos; a los latinoamericanos; y si no, a España, a Portugal, o a los que bailen más graciosos cuando meten un gol.

Las reglas son fáciles, las aprendemos para cada Copa. ¿Los jugadores? Nos volvemos unos expertos gracias a los comentaristas de Univisión, porque las cadenas norteamericanas no pueden identificarlos ni por el número. Tampoco reconocen el pasado histórico de los equipos, ni el de los jugadores. Nosotros, aunque no sepamos, queremos aprender. Verdaderamente es un deporte hermoso. No es tan alocado y frenético como el baloncesto, ni tan lento como la pelota.

Hay que recordar que acá dependemos de los narradores y analistas. Nuestros juegos “nacionales” son la pelota y el baloncesto. Ahora, apenas estamos formando un equipo de balompié y se concentran esfuerzos en levantar la fiebre y descubrir/desarrollar el talento entre los niños.

Con suerte, en algún momento algún zocotroco gubernamental –algún cagacatre, o soplapotes- se percatará de que cinco millones de habitantes tenemos galillos para gritar “gooooooooool”; y, que los jugadores se pueden subir las camisas, dar unos pasitos de salsa o bajarse los pantalones cuando anoten. Y más vale que anoten mucho.

Mientras eso sucede, y para garantizarle a mi Pariente Más Cercano y a los hijos de mis entrañas que nunca les esconderé el control remoto, les prometí gritar Gol con ellos y recordar el Fifa continuamente.

¿Qué cómo? Mis próximos gatitos se llamaran “Fifa” y “Gol”. Sin embargo, la promesa fue hecha con cautela. Mi Hijo Favorito de los Mayores me recordó que a mi esposo no le gustan los gatos, y aunque no es un cat killer’, podría darle un golazo a cualquiera. De ser así, mi venganza sería pedirle que se suba la camisa, haga unos pasitos de salsa con sus dos pies zurdos, se baje los pantalones y soporte una grabación full blast de vuvuzuelas… mientras llevo a Gol y Fifa al vet. ¡Miau!

(Foto, de la Wb... no he estado por allá)

miércoles, 14 de abril de 2010

Una mascota de Komodo (DeMadre VI)

Miente quien no haya escuchado -o hecho- una petición de mascota en el más dulce de los tonos. Y miente quien no conozca a algún padre/madre que no haya caído en la trampa.

Criada en el campo, nunca pedí animales. Ellos, simplemente estaban. Había vacas con sus becerritos y los intimidantes padrotes (que en esa época, para mí sólo eran bueyes); un caballo viejolo; cabras, cerdos, gallinas, pollitos y gallos; conejos, tortugas, pájaros (de los que no se enjaulan), varios perros, y gatos, gatos, y más gatos.

Cuando el tiempo pasó y me tocó a mí pagar la renta, no había forma de tener esa variedad de animales, ni mi deseo de limpiarle las bolitas a los conejitos.

Los pets de los niños citadinos son los peces, guinea pigs, pajaritos enjaulados, perros de tamaño pequeño o diminuto; y gatos, que mientras más grandes e imponentes, mejor.

Afortunadamente, los baby boomer parents de los internet kids, que vivimos en ciudades, o suburbios de espacio limitado, no tenemos espacio para cualquier mascota. Lo ideal es un golden fish en una copa. Pero el maldito Internet le provee a la nueva generación de enanos la facilidad de pedir “on line at any time” culebras, lagartos, gallinas de palo, o las espantosas criaturas de Komodo.

Para peticionar legalmente lo ilegal surgen las variaciones en los nombres que te ganaron los ovarios: “Mamá, Máma, Mami, Mamita, por fa, porfi, plis, pretty please”; y los razonamientos baratos: me he portado bien, saque buenas notas; no le he arrancado la cabeza a mi hermano... “

Tanto chavan hasta que la madre de corazón blandito cae. Y yo, como además lo tengo frágil, caigo más rápido que ligero.

Pero el mismo bendito Internet puede estar de nuestro lado.

Esta Súper-Dúper-Mamisonga se valió del on-line-shopping para encontrar un Dragón de Komodo amigable para la familia, el hogar, los niños; el Departamento de Recursos Animales, así como para las autoridades de transportación y verificación de animales exóticos que abundan en los aeropuertos de todo el mundo, quienes velan para que los dragones, si son de Komodo, que allá permanezcan cómodos.

Pues bien, la bella madre que aquí se confiesa, encontró, pidió, pagó y le regaló al muchachito la amorosa dragona komodina. “Buba” (no sé ni quién ni cómo se descubrió que era nena) fue aceptada tan pronto plantó las 4 patas en la mesa del comedor.

No estoy segura de cuál es la expectativa de vida de las bubas, pero ésta lleva en casa más de 15 años. No me atrevo celebrarle el onomástico, porque no lo trajo la garantía de compra. Supongo que usualmente los niños no las cuidan apropiadamente... o las madres.

Buba se ha mantenido en el cuarto de mi hijo favorito (de los mayores). Salía para asustar a desconocidos desde el carrito de la compra, el cristal de la ventana del auto... o en la oficina de la madre, donde el niño pasó muchas tardes después de clases.

Con extrema comodidad, nuestra Buba de Komodo, sigue asustando a quienes se atreven a penetrar la cueva –o habitación- del muchachito. El hoy aspirante a Juris Doctor, la mantiene debajo de la cama, muy cómoda. Ella no se mueve. Sólo asoma la cabeza. Ya no saca la lengua porque mi hijo menor –el Favorito de los Menores- se la arrancó despiadadamente. A Cualquiera le podría suceder.

Por suerte, solo le dolió al dueño del reptil plástico.

(Foto x Cassiopeia)


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