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jueves, 15 de octubre de 2009

Nuestros Capitanes del Planeta ("DeMadre-III")

El tema del calentamiento global -que hoy se convierte en protagonista como parte del "Blog Action Day 2009"- tomó un giro interesante en la época dorada de Ralph Nader, a principios de la década de los 70. Cambiaron los aerosoles, pero también cambió nuestra forma de ver el mundo. Cuando a los universitarios de aquella época nos tocó criar, las escuelas montessorianas nos dieron la mano al reforzar la educación relacionada con la protección del ambiente de nuestra única casa: el planeta Tierra. De esa manera, nuestro hijo mayor aprendió a escribir su nombre a la vez que deletreaba “c-a-p-a de o-z-o-n-o”. Conocía sobre el calentamiento global y aprendía del Protocolo de Montreal del 1987 antes de cumplir tres años. Después llegarían los de Londres y Copenhaguen.

En la tele disfrutaba las aventuras del Capitán Planeta y Gaia, el espíritu de la Tierra, que no podía soportar por más tiempo la terrible destrucción que azota al planeta. Cinco jóvenes de distintos puntos de la tierra habian recibido anillos mágicos con poderes especiales: Gi de África, con el poder de la Tierra; de Norteamérica, Wheeler, con el poder del Fuego; de Rusia Linka, con el poder del Viento; de Asia Kwame, con el poder del Agua; y de América del Sur, Ma-Ti, con el poder del Corazón. Cuando los 5 poderes se combinan hacían aparecer al campeón de la tierra "El Capitán Planeta".

“¡El poder es tuyo!", recuerdo que gritaba mi hijo favorito, entre los mayores.

Nuestros dos hijos tomaron conciencia en torno al ahorro de agua y de la energía eléctrica; hicieron siembras hidropónicas y proyectos de reciclaje para involucrar a la comunidad. Repudiaron el plástico que podía ahogar a tinglares y le dijeron a los pocos fumadores que quedaban que podían adivinar cuán negros debían estar sus pulmones. Y cómo su humo afectaban los pulmones de otros, y el ambiente.

Llegaron las computadoras, el microondas y los celulares. Hicieron acto de presencia los autos híbridos, pero ya se nos han secado los ríos y ha aumentado el nivel del mar; tanto, que estamos perdiendo demasiadas playas.

No sé cuán optimista se puede ser para mirar el futuro de frente. Tampoco sé cómo mis hijos criarán a los suyos; si sus casas llegarán a ser verdes, ni si podrán arrancar del patio limones frescos para aplacar el calor con ese divino brebaje cítrico en una hamaca a la sombra de los árboles en una tarde fresca. No sé si podrán ser Capitanes del Planeta...

Espero que las nuevas generaciones no se queden con la ilusión del planeta que todavía nosotros podemos disfrutar. No quiero sentirme obligada a pedirles perdón por no dejárselo. Pero tampoco veo la forma de coser la c-a-p-a de o-z-o-n-o para evitar el calentamiento global.


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