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miércoles, 7 de octubre de 2009

Transeúntes novelados para entretener a mis hijos ("DeMadre I")

Cuando el trabajo que te da el sustento requiere que pienses un poquito más allá de la realidad en busca de la supuesta verdad, una se queda con las ganas de seguir elucubrando. Dos niños cansados, con hambre, e impacientes por llegar a la casa a cenar la comida que todavía no se ha hecho, son un reto. Especialmente si una es la madre. Combinadas esas dos realidades, ¿qué mejor que darle rienda suelta a la imaginación que nadie más edita?


Para sobrevivir y “disfrutar” los tapones, o congestiones de tránsito con dos niños impacientes me quejaba con alguna palabrota que los asustara en lo que lograba silencio absoluto. Al capturar su atención, resolvía el problema en nuestro “carro volador secreto”. Entonces, nos amarrábamos con cinturones de seguridad invisibles, nos poníamos cascos –invisibles también- y movíamos los timoneles (mágicamente cada uno tenía el suyo). Descifrábamos el panel de intrumentos con pericia según subíamos la nave, planeábamos y hacíamos peligrosas piruetas desde el aire para “ver” a los que quedaban atrapados en el tapón. Desde arriba veíamos los árboles y esquivábamos los edificios que en espacio y tiempo real estaban a nuestro lado.


Más crecidos, y a tono con sus conocimientos, la diversión consistía en inventarnos el significado de las “siglas” de las tablillas, o licencias de los autos. De manera que la tablilla que leyera AFJ podía ser la “Asociación de Feos Juguetones”, cuando crecieron, podía ser “Autoridad de Fokin Jodones”. Sin estrés -dijeran lo que dijeran- ganaba el primero que se lo inventara. Todavía jugamos a eso, pero ya no es igual porque cada uno heredó una “nave”, que aunque una de éstas sea un resabioso Volvo del 1984, un año mayor que el que lo conduce.


Mi juego favorito era, y sigue siendo, el de novelar tanto a los transeúntes, como a los conductores de los vehículos con los que coincidíamos en las congestiones.Todavía cuando un conductor se pasa la luz roja, sabemos que sufre de diarrea. No falla. Cuando el peatón cruza esquivando autos, es lo mismo; hasta se le notan las tripas revueltas. Ya lo decimos automáticamente, no importa quién esté presente. Cuando una mujer va con cara seria... dependiendo del tipo de vehículo, la edad que represente, o semblante... sabemos que: (a) se le rompió una uña; (b) descubrió que su hija adolescente está embarazada del trompetista de la canción de Rubén Blades; o, (c) que va tarde para el juego de baloncesto y como es mujer divorciada, el padre de la criatura -que de seguro le pegó cuernos y una asquerosa ETS- está con la amante número 14 después de ella.

Las historias de los transeúntes y los conductores son casi infinitas. Nunca se repiten. El problema es que mis hijos y yo nos quedamos con el gustito de novelar y nos hemos tenido que controlar cuando estamos en presencia de quienes no estuvieron con nosotros durante todos esos años.

Además, quien sabe si el que se pasó el semáforo rojo a toda velocidad es el profesor de alguno de ellos –que casado con otra profesora- va a toda prisa con la amante #7 al juego de soccer de la nena de ella... ¡con retortijones, y en horarios de clase! A Cualquiera le sucede...

(Foto, de la Web... no podía inventar cuentos y hacer las fotos a la vez)

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